Relatos
En esta sección del blog encontrarás algunos de mis relatos: nuevos, antiguos, largos, cortos y de temáticas diferentes. ¡Disfruta!
Maryam significa amada
Maryam tiene ocho años y vive en Minab junto con sus padres y hermanos. Se trata de una ciudad grande al sur de Irán, donde el aire es siempre seco y caliente. En el centro, especialmente en los bazares, hay tanta gente que resulta insoportable, pero ellos viven en las afueras. Su casa es una construcción cuadrada, hecha de adobe y ladrillo, al igual que las del resto de la calle. Dentro, se divide en dos habitaciones: una con una mesa, un hornillo y unos cojines que hacen las veces de sofá, y otra con las cinco esterillas en las que duermen.
Maryam tiene dos hermanos: Amir, que es el mayor y acaba de cumplir los quince años, y Fatemeh, de trece. El primero, debido a su edad y por ser el único chico, hace ya un par de años que dejó los estudios y trabaja con su padre en su taller de carpintería. Fatemeh se llama así por la hija del profeta Mahoma. Sus padres pensaron que le daría suerte en la vida. También dejó la escuela hace poco, porque ya es hora de que se case; los trece años es la edad mínima permitida, aunque hay muchas que se casan antes con autorización paterna. Ella ya lleva el hiyab y hace mucho que pasó la pubertad según la ley islámica iraní. Además, sus padres han encontrado un buen pretendiente, un comerciante de especias de cuarenta y tres años llamado Rashid, que tiene una bonita casa con piscina en el centro de la ciudad. Ya ha ido dos veces a visitarla, agasajándola con regalos y cumplidos y acompañado de su primera mujer, Nasim. “Ella ya tiene treinta años y nunca le ha dado hijos”, oyó Maryam que le decía su madre a su padre en mitad de la noche, cuando creía que todos dormían. “Fatemeh será su nur, la reina de esa casa. Y él nos pagará bien. No te preocupes tanto”.
−Algún día yo también tendré un pretendiente, Fatoom −le dijo Maryam un día a su hermana, empleando el cariñoso diminutivo que usaba siempre con ella−. Estás tan guapa con tu vestido de novia.
Fatemeh se estaba probando su traje para el gran día, que en efecto era precioso: tela verde con bordados dorados, mangas largas adornadas con piedras preciosas y un velo a juego para cubrirle el cabello. Todo había sido comprado por su prometido, que había elegido las telas en su color favorito. Fatemeh sonrió educadamente al cumplido de su hermana, pero no pronunció palabra alguna.
Maryam aún no lleva el hiyab, pero dentro de poco deberá hacerlo: solo le queda un año para cumplir los nueve, la edad en las que se vuelve obligatorio. A ella la emociona, está deseando heredar el bonito pañuelo turquesa que le ha prometido su madre. Pero, de momento, lleva una vida normal de niña de ocho años iraní. Va a la escuela femenina Shajareh Tayyebeh, que se encuentra tan solo a un par de calles de su casa. Todas las mañanas se levanta temprano y desayuna nan con queso y a veces un vaso de leche, ya que su vecina tiene una cabra. Después se despide de su madre y de su hermana −su padre y Amir se marchan al amanecer para ir al trabajo− y emprende el polvoriento camino hacia la escuela. Siempre se viste igual, con una túnica y pantalones anchos, que cumplen el estándar de modestia en Irán. Muchas niñas usan el chador, que cubre todo el cuerpo excepto la cara, incluso antes de los nueve años. Pero los padres de Maryam son laxos en comparación con las demás familias. Muchas de sus compañeras de clase ya llevan el hiyab desde hace un par de años.
La escuela es un edificio parecido a las casas que lo rodean, pero mucho más grande. Es el único de la zona que tiene dos plantas: una escalera de madera las conecta. El interior está dividido en quince salas. Doce se usan como clases, con unas quince niñas en cada una, otra −la más grande− como comedor y las otras dos son los baños. A Maryam le gusta ir a la escuela, donde se mezcla con niñas desde los siete hasta los doce años, y sobre todo le gusta su maestra, que se llama Samira y es muy dulce. Aprenden sobre todo tipo de cosas: geografía, literatura persa, matemáticas, el Corán… A Maryam le encanta que la maestra les cuente historias, y su favorita es la de “Layli y Majnun”, una trágica historia de amor del poeta persa Nizami Ganjavi.
Normalmente, los días eran muy tranquilos. Las horas pasaban plácidamente entre cuadernos, textos y pizarras llenas de restos de tiza. Durante media hora paraban para almorzar khoresh de carne o verduras, acompañado de yogur o nueces. Un sábado, más o menos a las diez de la mañana, la clase de Maryam estaba inmersa en un estudio del mapa de Europa cuando la directora de la escuela entró en el aula sin llamar a la puerta. Se acercó a la maestra rápidamente y le susurró algo al oído con gesto tenso. La señorita Samira, como la llamaban las niñas, se llevó la mano a la boca y se volvió para mirar a sus alumnas con expresión asustada.
−Niñas, debéis iros a casa. Vamos a avisar a vuestros padres para que vengan a recogeros −dijo con voz temblorosa.
−¿Por qué, mo´allem? −preguntó Roya, una de las pocas niñas que aún no llevaba el hiyab. Su madre la peinaba con dos coletas, atadas con gomas de mariposas de plástico rosas.
−No os preocupéis, no es nada importante. Solo protocolo, por unos ataques aéreos que ha habido en otra parte del país.
Maryam no sabía lo que significaban las palabras “ataques aéreos”. Pero sí que había visto sus efectos: había al menos un par de casas destruidas en el barrio, aceras llenas de restos de piedra, polvo y sangre.
−Poneos a rezar. Rezad el Zohr ahora, no importa que aún no sea mediodía −dijo la directora, y salió de la clase para ir a avisar a los demás. De modo que las niñas, junto con su maestra, se arrodillaron y se pusieron a rezar en voz baja, murmurando las palabras en árabe que conocían de memoria desde que habían aprendido a hablar. Esperaban a que llegasen sus padres a buscarlas. “Pero mis padres no tienen teléfono” le susurró Maryam a su maestra. “Llamaremos a un vecino y vendrán a por ti. Tranquila” le contestó ella.
Pasó un largo rato, en el que un par de niñas salieron y se fueron con sus padres, aunque la mayoría seguían a la espera. Ya habían acabado de rezar y estaban sentadas en sus mesas, quietas y calladas, pues, aunque solían charlar en su tiempo libre en clase, todas sentían la tensión y el miedo en el aire, que las enmudecía.
Y, de un segundo a otro, un estruendo terrible, el impacto de algo duro y grande sobre la cabeza de Maryam, y una inexplicable caída al vacío. Los ojos, la boca y la nariz llenos de polvo y sangre, y un dolor inhumano que recorre todo su cuerpo. Maryam, cuyo nombre significa amada, solo puede oír los gemidos de dolor de sus compañeras, hasta que pierde la consciencia.

Consecuencias
Es lo que más me preocupa… porque las palabras ásperas salen volando sin que me dé cuenta; y, cuanto más hablo, peor, y llega un momento en que disfruto haciendo daño a la gente y diciendo cosas horrendas. No sé que me pasa últimamente. Es como si tuviera otra personalidad. Hace semanas que me veo dominado por una rabia incomprensible. Aún no se lo he contado a nadie. ¿Cómo se cuenta algo así? No quiero que me vean de forma diferente, porque sé que lo harían como yo mismo lo hago: como un engendro, un hombre enfermo y demente. Tampoco he acudido ni planeo acudir a un psicólogo o psiquiatra. En el fondo, no quiero reconocerlo… He cambiado, eso seguro, hay algo en mi cerebro que ya no funciona correctamente. El otro día, incluso empujé a un niño en el metro. Estábamos saliendo del vagón, y él caminaba muy despacio, tanto que me exasperó en cuestión de apenas un segundo. Así que pasé a su lado bruscamente, empujándole en consecuencia. Mientras iba hacia las escaleras oí a mis espaldas la irritada voz de su madre, que me lanzaba improperios; hice caso omiso. Otro ejemplo es el trabajo. Soy ingeniero industrial, y trabajo en una oficina en el diseño de planos e infraestructuras. En los diez años que llevo allí nunca he tenido ningún problema o conflicto. Tampoco es que lo adore o que vaya exultante cada mañana, pero hasta ahora siempre lo había considerado un trabajo agradable y tranquilo. Sin embargo, en las últimas semanas la cosa ha cambiado. La mayoría de los días me veo poseído por la irritación y la pereza, haciendo mis tareas a desgana y difiriendo continuamente con mis compañeros. La semana pasada la supervisora me hizo llamar a su despacho, para amonestarme sobre mi “significativo empeoramiento de actitud”. No sé que hacer. Me siento perdido como nunca antes. Ya no encuentro alegría ni calma en nada, ni siquiera en las cosas que antes adoraba. No tengo una novia que pueda consolarme, ni una relación cercana con familiares que me ayuden. Aún quedo de vez en cuando con mis amigos, para tomar algo o ver un partido de fútbol, pero siempre estoy callado y de un inexplicable mal humor. Como consecuencia me he percatado de que me llaman mucho menos, y hay una distancia palpable entre nosotros. Como y ceno comida basura, encargada de algún barato restaurante chino o de un Burger King. No suelo tener ganas ni energía para cocinar. Y después, por las noches, me siento en el sofá del salón durante al menos una hora. No veo la televisión, ni leo un libro, ni siquiera pienso. Permanezco en un misterioso estado de meditación infructuosa hasta que me noto lo bastante cansado como para dormirme. Y dormir es una historia aparte. Mi sueño, que siempre había sido bueno y regular, se ha vuelto caótico y escaso. Duermo a veces una hora, otras seis, y los fines de semana doce. Es increíble como lo que antes consideraba mi lugar de descanso y bienestar ha pasado a ser la encarnación de la angustia. Doy vueltas en la cama durante horas, enredándome entre las sábanas, para caer de vez en cuando en sueños inquietos y plagados de pesadillas. Sueño que me ahogo en el mar, que me caigo de un acantilado o que hombres encapuchados me secuestran. A menudo me despierto empapado en sudor, e incluso un par de veces con una incriminatoria y húmeda mancha de orina en la sábana. Cuando eso sucede, la vergüenza no me deja dormir durante el resto de la noche. Ya sé que no debería −es contraproducente− pero paso horas frente al ordenador, buscando mis síntomas una y otra vez. Ira, pereza, exasperación, cansancio. Infelicidad. Cambios en el estado de ánimo. Los resultados de las búsquedas me abruman en cuestión de segundos: trastorno bipolar, depresión, trastorno límite de la personalidad, ansiedad… Y el abanico de soluciones es igual de extenso. Innumerables páginas sugieren cambios en la dieta, ejercicio o meditación. Por supuesto, también proliferan los médicos anunciando sus servicios y prometiendo el tratamiento definitivo, a los que hago caso omiso. Un día decido volver del trabajo andando, en un intento desesperado por despejarme. Recorro las mismas calles grises que conozco de memoria, sin prestar demasiada atención a nada más que a mis propios y dispersos pensamientos. Cavilo, como de costumbre, acerca de si debería acudir a un experto en busca de ayuda. Pero, también como de costumbre, no llego a ninguna conclusión. Súbitamente, un hombre se abalanza sobre mí desde un callejón y me agarra del brazo. −Eh, tú, ¿tienes algo de pasta? −masculla, mirándome con ojos vacíos y amarillentos. Es un hombre de unos cuarenta años, quizá más, en un estado deplorable: pelo largo y grasiento, ropa sucia que emite un hedor terrible. Cuando sonríe, o más bien hace una mueca vacía de significado, veo que le faltan varios dientes. −No, no tengo nada −respondo, sacudiéndome su mano con brusquedad. Puedo sentir el disgusto y la ira apoderándose de mí. Me vuelve a agarrar, esta vez con más fuerza, y tira en un intento de arrastrarme hacia el callejón. −Sé que tienes dinero y no me lo quieres dar, tío −insiste, abriendo mucho los ojos y con aspecto de loco−. Puedo hacerte daño, ¿sabes? Trato de desasirme, pero me sujeta con demasiada fuerza, clavando las roñosas uñas en mi chaqueta. Entonces pierdo el control, y sin poder evitar que la rabia me llene del todo empujo al hombre tan violentamente que le tiro al suelo. Me sorprendo, porque no sabía que podía tener tanta fuerza. Él intenta levantarse, así que me agacho y empiezo a asestarle puñetazos; en la cara, el cuello, el pecho. Encuentro curiosa la sensación de carne golpeando carne, y el sonido tan seco que provoca. Desconecto de una manera extraña y maravillosa; solo veo rojo, y solo oigo el ruido de los golpes y los gemidos del hombre. Cuando salgo del trance, no sé si han pasado dos minutos o veinte. Él está a mis pies, encogido y con la cara ensangrentada. Inconsciente. Me miro las manos, que son la prueba de lo sucedido, pues están llenas de heridas y sangre. Dominado por una curiosa serenidad, me pongo de pie y me meto las manos en los bolsillos de la chaqueta. Es hora de irme a casa.